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Gloria Macaya

GLORIA MACAYA

Escritora costarricense, símbolo del interés, del amor por los niños y los motivos de la literatura infantil costarricense. Podemos apreciar no sólo a una excelente autora, sino que también a una ilustradora de grandes méritos. Reconocida por su trilogía de cuentos  “Las Travesuras de Enriqueta Cayetana” Los tres libros son de mucho valor. La Biblioteca de la Escuela Manuel María Gutiérrez, lleva su nombre. Para ello ha creado un Programa especial llamado “Leer es divertido”, “Escribir es divertido” Explora con alegría, al lado de los niños, el arte de escribir y el gusto por la lectura. Para el programa Robin Books participó en conjunto con varios escritores de literatura infantil, con cuentos en diversos libros. Coautora de libros preescolares “Aprendo”. Coordinadora Nacional  para Costa Rica de PIALI (Programa  Internacional de Acercamiento a la  Literatura Infantil). Miembro de la ACE y del WCCR en los programas de ayuda a escuelas rurales. Colaboradora del Programa Literario de Fomento a la Lectura, “Un Cuento Para Ti” Sus últimos libros publicados son: “Julián y el Ogro”, “Juana Pereira” , “Roldán el Gavilán”, “El Espíritu Tico” y “Murci”, cuento traducido al hebreo que viajó a Israel. 

 

PANCHITO UN RATONCITO CHIQUITO Y BONITO

A la orilla del río, en una oscura madriguera vive Panchito, un ratoncito blanco, bonito y chiquito. En la mañana después del desayuno, su mamá lo peina y le prepara la merienda para la escuela. Panchito coloca el bulto a su espalda y se despide de su madre con un beso.

—¡Adiós mamá!

—¡Cuídate mucho y pórtate bien! —le recomienda su mamá.

Al final del día, el ratoncito regresa de la escuela muy triste y con ojos llorosos abraza a su madre y le pregunta:

—¿Mamá, porqué soy diferente?, los animalitos de la escuela dicen que tu no eres mi mamá. Que no me parezco a ti. Eres gris, grande y peluda, de ojos pequeños y cola corta. Yo en cambio soy blanco y chiquito con un largo rabo. 

Mamá taltuza abrazó al pequeño y comprendió que era el momento de decirle la verdad al blanco ratoncito. Lo llevó a la sala, se sentó, colocó a su hijo en el regazo, y le dijo:

—Déjame que te cuente esta vez tu historia de cómo viniste a mi. 

—Cuéntame mamá, cuéntame ¿cómo vine al mundo? —preguntó Panchito.

—No viniste de mi pancita, sino de muy lejos. —comenzó a narrar la taltuza. 

El ratoncito enjugó sus lágrimas y puso atención a lo que su mamá le decía.

—Si no vine de tu pancita, ¿de dónde vine?

—Viniste de aquí, de mi corazón. —mamá taltuza colocó su mano en el pecho y continuó diciendo. —Estaba muy sola y deseaba tanto un hijo como tu, para darte todo mi cariño y cuidado. Salí de la madriguera en tu busca porque mi corazón me decía que pronto tendría un hijo. Llegué a la vieja casa junto al campo.

—¿Ahí es donde nací? —interrumpió Panchito.

—Naciste bajo el piso, en un nido hecho con pedazos minúsculos de papel. Dormías y cuando despertaste; estabas solo.

—¿Porqué estaba solo mamá, porqué? —interrumpió de nuevo el ratoncito.

— Porque así viniste al mundo, pero ya no estas solo, ahora estoy contigo —continuó diciendo mamá taltuza mientras estrechaba cariñosamente a Panchito junto a su pecho.

—Y yo estoy contigo mamá, —contestó Panchito con un beso. 

—Sigue contándome, cuéntame cuando me encontraste.                                              

—Luego comenzaste a caminar por el campo y cuando me viste me abrazaste y me dijiste: ¡MAMÁ! Ese día fue el más feliz de mi vida.

 —¡Si, si mamá, estaba solo y te encontré! También para mi fue el comienzo de mi nueva vida. —dijo Panchito alzando los brazos.

—Sigue contándome mamá, cuéntame cuando me diste de comer.

—Eras tan pequeño que me daba miedo alzarte. Te preparé un poco de yuca majada y te la comiste toda. Te alisté tus biberones de leche todas las noches con mucho cariño.

—Sigue contándome mamá, cuéntame cuando me llevaste a la cama y me cuidaste cuando estuve enfermo.

—Te construí una camita parecida a tu nido para que estuvieras contento. Te envolví en una manta para que no tuvieras frío. No me separé de ti ni un momento.

—Sigue contándome mamá, cuéntame cuando me llevaste a pasear.

—Todas las mañanas caminábamos de la mano por el campo, te enseñé los peligros que hay en el bosque. El sol nos calentaba un poquito y regresábamos a casa con moras silvestres y ramos de flores.

—Sigue contándome mamá, cuéntame cuando me caí y raspé la rodilla y tu me curaste con un beso.

Con un beso y muchos más, aunque soy una taltuza y tu un ratoncito, soy tu mamá la que se preocupa por ti. Te preparo los alimentos, lavo y aplancho tu ropita, paseamos, jugamos y reímos.

—Dime mamá, ¿todo eso hacen las mamás? —preguntó Panchito.

—Todo eso y mucho más. Una mamá, ama y cuida de su hijo y regaña algunas veces pero es por tu bien.

—Entonces mamá, si me amas tanto y cuidas de mi, comemos, paseamos y jugamos juntos, ¿porqué los animalitos de la escuela dicen que no eres mi mamá?

—Porque no viniste de mi pancita sino del amor de mi corazón.

—Sabes mamá, yo te quiero mucho y no me importa que no me parezca a ti. Gracias por explicarme y por quererme tanto. 

—Yo también te quiero mucho. —mamá taltuza lo estrechó contra su corazón. El ratoncito la besó y comprendió que tenía la mejor mamá del mundo. Bajó de su regazo y se fue a jugar.

Panchito, el ratoncito blanco, bonito y chiquito vivió muy feliz con su madre la taltuza .

 

Gloria Macaya

Apdo 23 – 2200 Coronado

Tel.  (506)  2229 0055

Fax. (506)  2229 6234

Cel.  87 22 80 80

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MURCI

En la vieja casona de la hacienda Guanacasteca, de techo de tejas y piso de tablones, vivía Murci, un pequeño murciélago.  Como nació tan pequeño y delgadito, su sistema de radar era deficiente por lo que el médico le colocó unos anteojos especiales para desplazarse mejor por las noches.  Dormía durante el día colgado de la viga de la vieja casona, junto a sus hermanos, Ari, Mati y Lago, uno a la par del otro enganchados de sus patas traseras, cabeza abajo, envueltos en sus propias alas, cubriéndose la cara y dejando al descubierto sus orejas puntiagudas.  La casona estaba deshabitada, así es que podían descansar muy bien durante el día.

Justo antes del atardecer, cuando el día llegaba a su fin dejando preciosos celajes, Murci despertó.  Los murciélagos bostezaban estirando las alas, preparándose para salir revoloteando hacia el campo donde aprenderían a usar su radar con precisión, probar nuevas técnicas de vuelo y ser buenos cazadores.  Su padre era el mejor volador de la hacienda y deberían seguir su ejemplo para exterminar toda clase de mosquitos e insectos dañinos.

En fila salieron volando uno a uno bajo la clara noche de la luna.  El padre, como buen piloto, llevaba la delantera atrapando en el aire uno que otro insecto.  La madre, también experta en vuelo les adelantó posándose luego en un bello racimo de plátano maduro y oloroso.  Todos la siguieron y juntos disfrutaron de tan delicioso manjar colgados al revés.

Para Murci siempre curioso y con deseos de aventura, esto no era divertido.  Interrumpió la cena familiar, se alejó y voló a sitios mas interesantes.  Su anteojo-radar le permitía ver mas allá de lo normal.  Llegó al final del potrero donde sólo había agua, mucha agua hasta donde su radar le permitía ver.  Conoció el mar y vio maravillado como mar y cielo eran uno solo.  Arriba y sobre la arena brillaban las estrellas. Tanto se entretuvo volando sobre este maravilloso y desconocido mundo, que cuando salieron los primeros rayos de sol, las loras que cotorreaban buscando alimento en los árboles de mango le advirtieron que era hora de regresar a la vieja casona de la hacienda.

Por mas que voló y voló, no pudo llegar a tiempo. Los rayos del fuerte sol cegaban su potente radar y tuvo que descender en una finca vecina. Divisó un amplio agujero donde entró y se colgó. ¡Perfecto! Lo suficientemente oscuro para pasar el día.  Al rato empezó a sentir un calor intenso, su cuerpo se quemaba. ¡Que iba a saber Murci, que ese escondite tan perfecto era ni mas ni menos que un horno de barro!  La señora de la casa lo atizaba con leña para luego hornear rosquillas.  A duras penas pudo salir el pobre todo achicharrado para regresar a la viga de madera de la vieja casona de la hacienda, donde dormían juntos los hermanos y sus padres, uno a la par del otro.  Muy calladito, para que no notaran su llegada tardía, se acomodó entre sus hermanos y para mitigar el dolor prefirió dormir con las alas abiertas batiéndolas, todas chamuscadas.  Y en una de esas maniobras, empujó a su hermana Mati que cayó al suelo.  Con tal revuelo y olor a carne asada, todos en la vieja casona de la hacienda despertaron.  Y al pobre Murci le llovieron las preguntas.  ¿Dónde estuviste?,  ¿Qué te paso?  ¿Qué tan lejos fuiste?...

Murci contó a la familia lo sucedido:  de cómo pudo salir del horno y regresar de día con su potente anteojo-radar el que  no se le había estropeado.  Todos admiraron su valentía y lo felicitaron mientras esperaban el atardecer.

Mati al conocer el poderoso radar de su hermano, le solicitó que por favor le ayudara a encontrar a su nuevo amigo Toto, del cual estaba enamorada.  Le comentó que había conocido al amor de su vida;  de lo guapo que era;  de como sus colmillos brillaban cada vez que sonreía y de su suave pelaje café, su nariz respingada y de cómo deseaba abrazarlo cuando extendía sus tiernas alas.

Murci accedió a ayudarla, pero no comprendía como su hermana se había enamorado de un murciélago tan fachoso ya que no conocía lo que era estar enamorado.  Mati muy alegre se alistó, en la cabeza se colocó un cintillo azul.  Se aromatizó las alas, se pintó las garras de un rojo carmesí.  A primera hora del anochecer, los hermanos llegaron con la ayuda del radar de Murci a la casa de Toto que quedaba fuera de la comarca.  Toto les explicó que ahora vivía en un rancho de paja.  La paja era buena porque atrae insectos y ni se diga de los alacranes que dejan un saborcito picante delicioso.  Los invitó a cazar mariposas nocturnas y luego a danzar a la luz de la luna.  Mati, cerciorándose que el cintillo estuviera bien colocado en su cabello, le preguntó si tenía alguna amiga que pudiera acompañar a Murci, ya que había venido solo.  Toto, al conocer al hermano tan pequeñito de Mati, de inmediato supo que su amiga vecina sería la indicada para Murci ya que ella también era pequeñita.

Meneó su nariz y envió sus ondas, las que Alba captó con su radar al instante.  Descendió junto a Toto, colgándose del alambre de la luz y cerró sus alas blancas.  Murci y Mati al verla quedaron sorprendidos, pues nunca habían visto un murciélago de color blanco.  Para Murci, Alba era un ángel, totalmente diferente, tan bella que lo dejo boquiabierto.

-¡Bue...bue buenas noches!-  tartamudeo Murci. Estiró su ala en forma de saludo y tomó la garra de Alba.  Ambos sintieron un amor a primera onda.  Un calambre le subió a Murci a los pies y a su corazón quería salírsele.  La bella murcielaguina pestañeaba con sus ojos celestes, contestándole el saludo.

Los cuatro, aprovechando la noche estrellada, volaron al árbol de Nin donde comieron de sus sabrosos frutos;  de postre, cazaron uno que otro insecto nocturno para luego ir a danzar.

Las luciérnagas y los carbunclos señalaban la entrada a la discoteca.  Pasaron una noche maravillosa.  Toto se lució con sus alas en forma de capote, las que agitaba para luego abrazar a Mati.

Murci y Alba, mas tranquilos, se colgaron de una rama del árbol de guanacaste y sin apetito se contaron sus vidas. Él deseaba saber porqué ella era diferente a los demás murciélagos de la región, así como él era diferente con su anteojo-radar.  Alba le dio a entender que tener esos anteojos lo hacían verse muy guapo e interesante.  Le explicó que toda su familia es blanca y que ahora vivían bajo las hojas de plátano.  Emigraron del Caribe porque allá se estaban ahogando con los pesticidas de los bananales.  Alba le comentó que el ser diferentes a los demás no significaba que no pudieran ser amigos.

-¿Amigos?

-!Amigos!  Y en el silencio de la noche, combinaron sus colores en un abrazo.  Ahora Murci sí sabia lo que era estar enamorado.                                                                                          

 

 

LA TORTUGA DESCONTENTA

Ale, la tortuga de caparazón café, camina lenta y perezosa por el peso que lleva sobre su espalda. Se miró al espejo y pensó que quería cambiar, ser tortuga le era aburrido, pasaba desapercibida entre los animales de la selva. Estaba descontenta de ser tortuga. 

Fue al campo y vio como los pájaros volaban por el cielo y dijo:

—¡Seré pájaro! —Y con mucho esfuerzo subió a lo alto de la colina y se dejó caer al vacío. Pero como era tan pesada y por mas que aleteó con sus torpes patas… ¡ZAS! Cayó y rebotó como bola sobre el suelo. Con tan buena suerte, metió la cabeza dentro de su caparazón y no se golpeó. 

No habiendo aprendido la lección fue al bosque y vio como los monos brincaban de bejuco en bejuco y dijo:

 —¡Seré mono! —Y con mucha paciencia subió hasta lo alto del árbol y brincó. Pero como era tan pesada y por mas que alargó sus patas no alcanzó el bejuco… ¡ZAS!  Cayó de cabeza con tan buena suerte, una rama la sostuvo. 

No habiendo aprendido la lección fue al lago y vio como las ranas brincaban y nadaban tirándose al agua y dijo:

—¡Seré rana! —Y de un salto se tiró al lago. Pero como era tan pesada y por mas que trató de nadar… ¡ZAS!  Se fue al fondo y por poco se ahoga. 

No habiendo aprendido la lección, fue al campo y vio como corrían rápido los conejos y dijo:

—¡Seré conejo! —Y acordó una carrera con el conejo. Pero como era tan pesada y por mas que sus patas se movieron… No avanzó lo suficiente y perdió la carrera.

Estaba Ale muy triste porque trató de cambiar sin éxito. No quería ser lo que era, una simple tortuga de caparazón café. 

Se sentó a la orilla del camino a meditar.  

De repente comenzó a llover, era un huracán con fuertes vientos. La tortuga se metió en su caparazón. Pero como era tan pesada el viento ni la movió.  Ale esperó que la lluvia pasara quedita y calientita dentro de su casa, mientras que el resto de los animales de la selva volaban por los aires.

Habiendo aprendido la lección, dijo:

—¡La verdad que prefiero ser tortuga!

 

Gloria Macaya

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