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María Bonilla Picado

MARÍA BONILLA

María Bonilla

Doctora en Estudios Técnicos y Estéticos del Teatro (Universidad de París VIII), ex Directora Escuela de Artes Dramáticas y Teatro Universitario (Universidad de Costa Rica), gestión en la cual inaugura ambas sedes.

Directora teatral y actriz profesional desde 1974, ex Directora Colegio de Costa Rica y Compañía Nacional de Teatro.

Ha ganado tres Premios Nacionales al Mejor Director (1998, 1999 y 2000).

Fundadora y directora del Teatro UBU. Pionera de las creaciones escénicas a partir de la imagen y la multidisciplinariedad, ha representado a Costa Rica en Festivales de Teatro en América y Europa.

Publica sus novelas Mujer después de la ventana (2000), Al borde del aliento, otoño (2002, EUCR, reimpresión en 2010), La actriz (2006, Tintanueva Editores, Ciudad de México), Hasta que la vida nos separe (2007, Editorial Perroazul) y Augustine, mi otra ficción (2012), La mujer del camino de las cigüeñas (2013), Hecho de guerra (2015), en la Editorial Mirambell y Costura a trasluz em Estucurú Editorial (2020); así como los poemarios Libro de Sombras (2017) Delirio de las horas oscuras (2019) y Marcas de agua (2019), los tres con Estucurú Editorial. Publica en Tinta en Serie Yo soy aquélla a la que llamaron Antígona (2011) y Ofelia y Hamlet (2012) y los ensayos La dramaturgia que inventó una identidad (2012) y La luna mira: diálogos y disquisiciones entre la escena y el diván, con la psicoanalista Ginnette Barrantes, en 2015; La novela femenina contemporánea: la reescritura del imposible en la erótica de la invisibilidad y el silencio, estaciones de un viaje hacia uno mismo (ALICAC, 2012) y Cartografías de sí (Estucurú Editorial, 2019).

Premio Fernández Ferraz 2010 (Instituto de Cultura Hispánica), Premio LA GLO 2013,

(Encuentro de Mujeres de Iberoamérica en las Artes Escénicas, FIT de Cádiz, España),

Premio Latinoamericano de Literatura Jorge Calvimontes y Calvimontes 2015 en Novela (Fundación Calvimontes y Calvimontes, SOGEM, UNAM y Tintanueva Ediciones) con Hasta que la vida nos separe.

Página web: mariabonilla.com

Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

Pionera de los espectáculos multidisciplinarios (poesía, teatro, danza contemporánea, flamenco, música, mimo y fotografía proyectada) ha representado a Costa Rica en Festivales Internacionales de Teatro, en Uruguay, Chile, Perú, Cuba, Colombia, Venezuela, Aruba, Puerto Rico, República Dominicana, Guatemala, El Salvador, México, Estados Unidos, Canadá, Bélgica, Francia, España, Grecia, Portugal, Noruega e Italia. Su puesta en escena de La mujer que cayó del cielo, de Víctor Hugo Rascón Banda, recorre el mundo y es nominada al Florencio Sánchez como Mejor Espectáculo Extranjero, Asociación de Críticos, Uruguay. 

 

 

Premios:

Premio Nacional al Mejor Director en1997, 1999 y 2000, Ministerio de Cultura.

Premio Fernández Ferraz 2010 a una vida de educadora, Instituto de Cultura Hispánica.

LA GLO por su intensa trayectoria pedagógica y en las artes, Encuentro de Mujeres de Iberoamérica en las Artes Escénicas, FIT de Cádiz, 2013.

 

Página web: mariabonilla.com.

 

 TEXTOS

Historias… la 2.

 

También podría contar la historia de Marilia, que mientras bordaba unas iniciales en una sábana, oyó una voz de mujer, desconocida, que una tarde de lluvia de febrero, hablaba por la radio en uno de esos programas en los que aquéllos que sufren, exhiben sus intimidades, buscando atención,  ayuda, compasión tal vez. Dinero a lo mejor.

Al principio apenas puso atención a la voz de la mujer. Estaba perdida en el hilo cereza de un punto de cruz.

Una mujer que, entre espasmos de llanto, dijo que había perdido a su marido, que una mañana él se había ido, como siempre, a trabajar y no había regresado nunca, y cómo ella lo estaba contando ahora por la radio, porque ya había desistido de esperarlo y soñar que algún día regresaría y lo único que quería saber, para tener un poco de paz, para poder continuar con su vida y dejar de vivir de prestado, temporalmente, como si fuera a mudarse al poco tiempo, era si le había pasado algo, si estaba vivo o muerto. 

Marilia se sintió mareada, dejó a un lado el bordado y se paró. 

En ese instante, escuchando la voz desconocida de una mujer triste, se dio cuenta de que había presentido que el hombre con el que ella vivía desde hacía unos meses y del que creía que no hablaba porque era callado por naturaleza y por eso tampoco ella sabía mucho de su vida anterior, era ese marido que había extraviado su camino a casa. 

Ese marido que en el extravío, había encontrado un lugar en el que una mujer-cigüeña bordaba con hilo cereza un nido que estaba vacío y vivía perdida entre puntada y puntada y había decidido sentarse allí a esperar.

Esperar a ver si recordaba el camino a casa…

Esperar a ver si había algo que se pudiera llamar casa...

Esperar algo que valiera la pena llamar casa…

 

(¿Esta anécdota y esta mujer sí serían trama y personaje para una novela? ¿No tendría, para ello, que describir los muebles de su sala, al hombre, el clima lluvioso de esa tarde de febrero, la manera de bordar?)

 

Una vez, un mediodía de un febrero con un sol tímido y helado, en la Plaza del Angel, en Madrid, muy cerca de la Calle de la Virgen de los Peligros, con el hijo que me dio la vida, el amor y el destino, me comí una sopa de chocolate blanco con sorbete de frambuesa y frutos del bosque.

Recuerdo que entonces, me pareció inverosímil… una fantasía…

Pero no. No lo era.

 

Hay días de julio en los que vivo en una rotonda… 

Amanezco en una construcción que facilita los cruces de caminos y aminora el peligro de accidentes, salvo en mi país, claro, donde los aumenta… desayuno en una vía circular alrededor de otras vías en las que el sentido de giro es  antihorario… paso la tarde controlando la velocidad de los vehículos, ya que el radio de una rotonda les obliga a no superar cierta velocidad, para no volcarse, salvo, claro, en mi país, donde la rotonda sirve para acelerar... la velocidad, digo … y anochezco mareada, con náuseas y dolor de cabeza por el mareo que no debió ocurrir si vivía en una rotonda. Salvo, claro, en mi pais, donde la rotonda parecía provocarlos... los accidentes, digo.

¿No sería mejor vivir en un pasaje secreto, en un camino oculto que se usa para viajar a escondidas y que conduce a una habitación ajena o que puede ser usado para entrar o salir de algún lugar sin ser visto?, ¿ser un personaje de alguna obra literaria de ficción que usa los pasajes secretos, para evitar ser capturado o para llevar a cabo actividades criminales?, ¿o en una puerta secreta difícil de encontrar porque parece parte de la pared o está disfrazada de chimenea o biblioteca?, ¿necesitaré la activación de alguna contraseña secreta para abrirme?, ¿esconderé un tesoro, como las pirámides?, ¿seré un pasaje de inmigrantes ilegales en la frontera norte de la Sierra Tarahumara?, ¿o más bien algún libro antiguo como los de la biblioteca del monasterio del Mont Saint-Odile? 

 

Sí, sin duda vivir en una partitura, en un aria de soprano coloratura, en una espiral, en una equivocación, en un triángulo, en la cuadratura de un círculo, en un laberinto, un signo de interrogación, un silencio, un jeroglífico, una encrucijada, en un mandala, en una rotonda y en un pasaje secreto… son sólo fantasías…

 

Tomo la pluma y la sumerjo en la tinta color añil. Me gusta el color añil. Hay días en que quisiera bebérmelo. Y en un lienzo blanco, el trazo añil bien podría dibujarme... a ver...

 

Autorretratos...

de ésa que miro cuando me miro al espejo

y me permite hurgar en mí misma.

De ésa que testimonia o cuenta cómo soy... quién soy...

De ésa que a su vez, me mira, fijamente.

De ésa que es mi reflejo... o yo el suyo.

 

Toda la noche de anoche la pasé velando...

Ya es tarde y la felicidad no llega, está retrasada,

 ¿será que se vino a pie?

 

FRASES CORTAS

Porque de eso se tratan las fantasías: de recomponer, reordenar, reelaborar una realidad que anda con fuertes dolores de cabeza y de cuerpo, como si tuviera una gripe, ofreciéndole para su cura visiones, apariciones, sueños premonitorios.

(Porque Schiller tenía razón: la desgracia de don Quijote no fue su fantasía, fue Sancho Panza.)

De “La mujer del camino de las cigüeñas”,

María Bonilla

 

Toda la noche de anoche me la pasé velando...

Es tarde y la felicidad no llega, está retrasada,

 ¿será que no sabe la dirección de mi casa?

De “La mujer del camino de las cigüeñas”,

María Bonilla

 

Toda la noche de anoche me la pasé velando...

Es tarde y la felicidad no llega, está retrasada,

 ¿será que no sabe la dirección de mi casa?

De “La mujer del camino de las cigüeñas”,

María Bonilla

 

 

Porque una ciudad es inolvidable cuando uno ha amado en ella.

Y es inolvidable cuando un amor se le ha muerto a uno, en ella.

Es decir, cuando hemos vivido fantasías en ellas.

De “La mujer del camino de las cigüeñas”,

María Bonilla

 

Entonces pensé que eso es lo que se silencia: que para una mujer, ser tratada como algo parecido a un ser humano, se paga caro siempre.

A veces con la palabra, a veces con el cuerpo, a veces con la cordura, a veces con la libertad y a veces, muchas, con la vida.

De “Augustine”, de María Bonilla

 

Y también porque esto es algo del orden de lo que se silencia... ¿no todas hemos deambulado, alguna vez, por los corredores del infierno, sin que se supiera muy bien por qué, sin diagnóstico que respaldara nuestra presencia en ese lugar, sin tratamientos prescritos, sin saber si algún día podríamos salir de él? 

De “Augustine”, María Bonilla

 

El amor debe ser una fuerza insondable para lograr sobrevivir a pesar de lo mucho que usamos su nombre en vano, de lo poco que sabemos de él y de lo mal que amamos.

De “Hasta que la vida nos separe”, María Bonilla

 

Cuando pasan muchas noches en las que uno tiene malos sueños o pesadillas, hay que lavarse los ojos con agua de lluvia recogida en un tazón de madera. Así se evita que se sequen dentro del corazón, como si fueran lirios sin agua. Y a mí se me había olvidado recoger la lluvia. O había perdido el tazón. 

De “Hasta que la vida nos separe”, María Bonilla

 

Y en ese pequeño país sin historia, todas éramos mujeres, todas éramos adolescentes y todas queríamos ser reinas. No fue fácil, porque tardamos en darnos cuenta de que no era cuestión de cambio, ni siquiera era cuestión de tratamiento psiquiátrico, ni de psicoanálisis. Requería reencarnación, porque en aquel entonces, las mujeres aún pertenecíamos a esas generaciones a mitad de camino entre el ser humano y el felpudo.

De “La actriz”, María Bonilla

 

 

Un día tuve que despistarte y huir corriendo sin mirar atrás.

Una noche muy noche, sin nada de día quiero decir, tuve que hacerlo. En una esquina. De noche. Muy noche. Fue ahí donde un día tuve que perderte. Como si fueras un gato. Digo, con la esperanza de que encontraras, como todo buen gato, el camino de vuelta.

De “La actriz”, María Bonilla

 

Y el muerto que finalmente somos cada uno de nosotros, agazapado en las deudas, los plazos, el deseo, la escritura, el teatro y el amor, hace también lo que puede con todo eso que cree que es su vida. 

De “La actriz”, María Bonilla

 

Bienaventurados los que pueden verse a sí mismos en los ojos del ser amado, porque de ellos es el reino de la trampa ambigua, ficticia, insustituible, delirante y plena del amor.

De “Hasta que la vida nos separe”, María Bonilla

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